Brasil despierta

Bueno, después del 7 a 1, más que “Brasil despierta” debería ser “¡Brasil, despertate!”. Pero, no, no me entienden… yo hablo de vinos. De lo que el flamante eliminado puede hacer en materia de burbujas, cosechas múltiples y vinos tropicales.

Por estos días, Brasil está en boca del mundo. Y, bueno, ahora más que nunca.

Retumba la lesión jodida de Neymar y el ritmo de la samba apagándose después de un 7-1 escandalosamente histórico. Pero, se imaginarán, a mí me toca contarles un perfil distinto del gran jugador sudamericano: su faceta vitivinícola. ¿Cómo es esto? ¿Brasil y sus días tropicales engendrando blancos y tintos? Así, como lo leen, después de Argentina y Chile es el mayor productor de vinos de Sudamérica y, sin embargo, poquitísimo se sabe de él. Un titán con potencial, gran potencial, y con blancos vibrantes que han emprendido la ruta hacia la calidad, topándose en el camino con resultados extraordinarios.

Su historia vitivinícola es nuevita. Es que el consumo de vinos en el país nunca había sido tan significativo y eso, indudablemente, marcó la producción. A partir de mediados de la década de 1970 los bodegueros dieron un salto en la calidad de sus productos, con una tendencia liderada por el uruguayo Juan Carrau y los pequeños amigos de Moët & Chandon con sus primeras inversiones en Sierra Gaucha, en 1973.

Así, la producción vitivinícola brasilera se ha ido concentrando casi exclusivamente en el sur del país, aunque teniendo en cuenta las enormes extensiones cariocas, el juego puede multiplicarse hasta el infinito. “En Río Grande do Sul y el sudeste, la producción es similar a la de las regiones vitivinícolas clásicas de Europa, con una cosecha por año y un período de descanso de los viñedos. En el Noreste, en la región semiárida del Valle del São Francisco y en los estados de Bahía y Pernambuco, por otra parte, se pueden lograr hasta dos cosechas anuales. En Santa Catarina, finalmente, las temperaturas extremadamente bajas permiten recoger uvas congeladas. Imagínense. Todo esto es Brasil”, me comenta Carlos Raimundo Paviani, Director Ejecutivo de Ibravin (Instituto Brasileiro do Vinho).

Y, aunque el proceso de expansión ya haya comenzado, la realidad todavía muestra una alta concentración de viñedos en Rio Grande do Sul, con más de 50.000 hectáreas plantadas… además, este estado representa alrededor del 90% de la producción total.

Las variedades que han demostrado un gran potencial son la Merlot, la Syrah y la Cabernet Sauvignon, más allá de que lo que el mundo hoy escucha de Brasil (haciendo a un lado la eliminatoria del Mundial, claro) está prácticamente limitado a sus chispeantes burbujas y a las cepas que con ellas se elaboran. “El despegue de la calidad es evidente en estas últimas dos décadas, especialmente respecto de la elaboración de vinos espumosos en Vale dos Vinhedos, reconocido internacionalmente”, afirma Paviani y refuerza esta idea en base a la cual Brasil comenzó su posicionamiento fronteras afueras. Las burbujas fueron desde siempre el fuerte de un país que, por sus condiciones climáticas, podía cultivar uvas frescas, sin enormes complejidades y con una acidez que hiela el paladar. Moscatel de Alejandría, Chardonnay e incluso la tinta Pinot Noir se han propagado con enorme velocidad y con resultados por encima de la media.

Evidentemente, aún hay mucho que contar. Zonas nuevas, pluralidad de estilos y la fundamental acumulación de años de tradición, factor vital para hacer ruido (y hacerlo bien) en los terruños del vino. Pero, se sabe; en todo caso Brasil es un gigante perezoso, a punto de despertar y con ganas seguras de conquistarlo todo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *