Una vuelta de rosca

Son las más desfachatadas de todas las propuestas alternativas de taponado. Simples, prácticas, útiles en el servicio y perfectas para mantener intactas las cualidades de los blancos, rosados y tintos más jóvenes.

Las screw caps se convirtieron en una alternativa al corcho desde que fueron utilizadas por primera vez en 1959, cuando una empresa francesa las adaptó al mundo del vino (ya que previamente estaban fundamentalmente difundidas en bebidas espirituosas y licores). Los derechos de manufactura para esta tapa fueron comprados por la empresa australiana ACI en 1970, y ahí la rebautizaron como Stelvin, nombre que aún se utiliza mucho como sinónimo de “tapa a rosca”.

Y el resto llegó solo. Comenzaron a evaluarse sus beneficios y, motivadas por el auge del vino australiano y neozelandés en los mercados maduros del Hemisferio Norte, las tapas a rosca comenzaron su carrera ya imparable. De hecho, las screw caps parecieran no tener enormes problemas de imagen.

La consultora inglesa Wine Intelligence reveló hace algunos meses un informe en el que asegura que tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos se da un comportamiento uniforme: son las mujeres y los consumidores más jóvenes quienes están liderando una tendencia de aceptación de las tapas a rosca, haciéndolo de una manera completamente natural. De hecho, también está en incremento el porcentaje de consumidores que prefieren esta alternativa por sobre la de los corchos naturales, en donde la practicidad es la clave absoluta.

Ahora bien. Este mismo informe muestra otra cara: la de la reticencia por parte de consumidores maduros, hombres, de una edad entre los 45 y los 54 años. Estas personas, en general, suelen resultar más tradicionales a la hora de comprar un vino, con lo cual tanto los tapones sintéticos como las tapas a rosca no son de las opciones más ampliamente aceptadas. “Está claro que las tapas a rosca aún tienen un largo camino por recorrer, pero estos datos demuestran que el proceso definitivamente ha comenzado”, relata Richard Halst, COO de Wine Intelligence y autor del informe.

Por su parte, el bodeguero Roberto de la Mota, propietario de Mendel Wines, asegura que “la tapa a rosca tiene como ventaja la facilidad del destapado y la posibilidad de volver a cerrar la botella fácilmente. Por ejemplo, es fantástica para personas mayores o azafatas”. Practicidad, mis amigos. Ésa parece ser la clave. Y a eso le sumamos la consistencia, su eficacia probada y la posibilidad de mantener intacto el frescor de un vino joven.

Y vayamos a las desventajas: hay pequeños (y cada vez menores) problemas de imagen en determinado segmento de consumidores, aún no se ha comprobado su desempeño en largos envejecimientos para vino tinto (pensemos que recién en el año 2000 se comenzó a difundir ampliamente, con lo cual las pruebas aún no son concluyentes) y, desde el punto de vista del productor, un problema es que se requieren botellas y equipos adecuados y especiales para la producción.

Estas modificaciones sustanciales que se necesitan en la cadena de embotellado hacen que las bodegas piensen dos veces en su implementación. Después, haciendo números, los costos resultan menores y, en muchos casos, contar con vinos con tapa a rosca es la puerta de entrada a determinados mercados como Inglaterra o Canadá.