Un poquito sobre la Tempranillo

Si sos español la conocés al dedillo, pero en la Argentina solo las nuevas generaciones escuchan hablar de ella como algo de todos los días. Ecléctica, comodín y siempre encantadora, acá te cuento apenas unas líneas de la gran tinta ibérica.

Enraizada a lo largo y a lo ancho de las más desiguales latitudes, tierra que pisa la Tempranillo, tierra donde el gran vino brota con facilidad. Se trata de una uva de ciclo cortito, de las primeras que se vendimian y, se imaginarán, de ahí se desprende su nombre tan particular.

Es la cuarta variedad de uva tinta fina más plantada del mundo, con el foco siempre puesto en la península ibérica, en donde, solo tomando España, ocupa 215.000 hectáreas. Desde los alcohólicos tintos de oporto hasta los vinos negros de Toro o los ya más sutiles Rioja, impresiona la forma en la que una cepa puede mostrar sus mil caras de acuerdo al terruño que la ve nacer. Y podría apostarles, mis amigos, que ésa es una cualidad que otras muy pocas uvas en el globo pueden ostentar.

Efusivo en aromas y parlanchín en el paladar cuando joven, el Tempranillo es todavía más interesante si se le permite dormitar un tiempo en barricas (donde, de hecho, el roble americano tiene una particular afinidad, regalándole dejos a coco y tabaco que enloquecen tras cada trago). En combinación con otras variedades alcanza resultados asombrosos, y esto es bien sabido desde la tradición: en Penedés, Navarra o Rioja, a la Tempranillo se la ensambla con Garnacha, Graciano, Cabernet Sauvignon y Mazuelo en tintos que se codean entre lo más selecto.

También en Argentina existen divinos exponentes y, siguiendo en el Nuevo Mundo, México, Chile, Australia y los Estados Unidos han comenzado hace ya años a moldear Tempranillos refinados, de marcado carácter frutal que son comodines inmejorables al momento del maridaje.