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Los vinos del mar

En Berisso tienen olor a chicle. En Viedma todavía hay mucho que explotar. Y hace poco el gigante Trapiche que también se suma cerquita de Mar del Plata. Ahí están estas botellas, a metros del agua, y proponiéndote el descorche.

Es una excursión desde Mar del Plata, cerquita del Atlántico sur. Es lo impensado, apenas tres kilómetros distanciado de las rompientes.

El Sauvignon Blanc más crocante y tropical del planeta viene de una zona así, en Nueva Zelanda. También los rosé de la Provence.

Pero en estas praderas es todo nuevo, qué joder. Vinos de expresión salina, clima húmedo, fríos extremos y heladas que, más que amenazas, son siniestras constantes.

 

Chapadmalal. Ahí está la nueva apuesta de Trapiche bajo el mote de Mar & Pampa y ahí está, también, la mayor y más osada de las apuestas que una gran bodega haya hecho en la Argentina en las últimas décadas. “En esta zona todo es un desafío. Somos la primera región del país en la que utilizamos una viticultura de secano, es decir, nuestras plantas solo reciben agua proveniente de las lluvias, no hay influencia del hombre allí. Esto hace que a diferencia de otras zonas no podamos manejar el agua que recibe la planta a nuestro gusto y parecer, lo que nos hace un poco más entretenida la labor del viñedo y la cosecha”, cuenta Ezequiel Ortego, winemaker del proyecto, mientras hace hincapié en otra de las vallas que saltar y con la que hacer escuela en el país.

Es que en esta partecita de la región pampeana es histórico: suelos originados por la erosión del viento, siempre cubiertos por campos de trigo o girasol (ahora soja también) pero que jamás antes se habían percatado de su potencial para ver vides enraizadas por allí.

Los proyectos de Bodegas Saldungaray, AlEste y Océano (esta última en Rio Negro, cerquita de Viedma) han dado resultados muy buenos, con blancos que crepitan de acidez y algunos Pinot Noir requetebién logrados. Pero de allí a que un gigante como Trapiche pueda dar impulso a (definitivamente) una zona vitivinícola no tradicional, es otro tema.

Y los Vinos de la Costa, por Berisso, pero con una idea de calidad distinta, apostando al perfume a chicle que transpira la Isabella, un híbrido interesante pero que se cae del circuito de los vinos finos (si es que esto de “fino” aún tiene razón de ser).

El juego es a la diversidad, como apostamos que reza el manual futurista del vino argentino. Más regiones exploradas, suelos que regalen sutilezas y el abanico abierto para que mil situaciones tengan sus mil etiquetas ideales. El punto es que en un país como la Argentina, con su complejidad y extensión, siempre lo mejor está ahí adelante.

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