Los vinos del agua

Viñedos que danzan al compás de las mareas, blancos salados y tintos de una acidez refrescante son las claves de un estilo difundido en todo el mundo pero que resulta novedad absoluta en la Argentina.

“Nunca me había imaginado haciendo vino… pero si tenía que hacerlo, tenía que hacerlo cerca del mar” cuenta el bartender Tato Giovannoni mientras su voz se inunda de orgullo cada vez que habla de uno de sus últimos proyectos junto al enólogo Matías Michelini: un viñedo en Bahía Bustamente, Chubut, plantado literalmente sobre la playa.

El universo de los llamados vinos oceánicos es gigante y, si bien cerca del 70% de las viñas del mundo tienen sus pies cercanos al agua, en Argentina son pura novedad. A este flamante sueño chubutense se le replican ejemplos en Chapadmalal y San Javier (Rio Negro), algunos de ellos con media docena de cosechas sobre sus espaldas y con el fuerte puesto en los vinos blancos y espumosos.

Los vientos intensos usuales en estas regiones obligan a la uva a engrosar su piel como autodefensa, cargándose de antocianos (los componentes responsables del color). Esto, sumado al factor nada menor de la amplitud térmica en donde las bajas temperaturas nocturnas colaboran para recargar a los granos de polifenoles, los llena de color, aroma y estructura. ¿Conclusión? Esperemos blancos fresquísimos, de una acidez muy destacada y tintos, pocos, de fuerte color.

El mapamundi del vino muestra al Mediterráneo como el mar responsable de estampar su impronta en la mayor diversidad de zonas geográficas. Muchos puntos en España, Grecia, Cerdeña o Marruecos son grandes ejemplos, teniendo la cúspide quizás en los Manzanilla: estos blancos de aproximadamente 15° de alcohol que se elaboran únicamente en la ciudad costera de Sanlúcar de Barrameda, a unos 25 kilómetros de Jerez de la Frontera. Allí, más allá de esta escasa distancia, la diferencia entre un fino de Jerez y un Manzanilla de Sanlúcar es enorme: la salinidad del Atlántico resalta y los perfumes florales punzantes prevalecen inconfundibles… aun teniendo una elaboración muy similar. En Sudamérica también hay de esto; Chile desde hace años ha descubierto el potencial enorme de sus distintos valles de influencia oceánica, como el de Leyda, a menos de 10 kilómetros del Océano Pacífico.

En definitiva, el vino regala esa posibilidad única de descorchar constantemente nuevas sensaciones. Disfrutar de una botella que logra expresar el ADN de su tierra es una experiencia irreproducible y, quizás lo mejor, no es un hecho extraordinario. En todo el mundo existen ejemplos de vinos autografiados por su terruño y los grandes espejos de agua son ni más ni menos que una nueva alternativa en donde la tierra, felizmente, deja una huella grabada con fuego. O con agua, para ser más exactos.

 

Las claves:

– Si bien cerca del 70% de los viñedos del mundo tienen sus pies sobre el mar, en Argentina esta idea de los vinos oceánicos es pura novedad.

– Los vientos intensos usuales en estas regiones costeras obligan a la uva a engrosar su piel como autodefensa, cargándose de color y resultando en tintos profundos.

En Rio Negro, Chubut y la provincia de Buenos Aires hay ejemplos excepcionales de vinos oceánicos, algunos incluso con media docena de cosechas sobre sus espaldas.

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