La Argentina oculta

Existir, existe. Esa Argentina vitivinícola desconocida que está en búsqueda de etiquetas diferentes, inauditas y fieles a una esencia. Una nota escrita para la revista peruana Sommelier que quiero compartir con ustedes.

“Es un poco frustrante que todo sea igual. Imaginen tener una charla con veinte personas iguales, que tiene las mismas reacciones y gestos…éste es el nuevo mundo del vino: el vino globalizado de un par de críticos que dan puntos y, por lo cual, todos hacen los vinos pensando en ellos”. Así tira la primera piedra Nicolás Jascalevich, bodeguero que desde hace ya años tiene sus viñedos en Traslasierra, un lugar encantador en el corazón de la provincia de Córdoba. Sí, en el medio del continente, sin el riego ni los suelos de la Cordillera de los Andes. No es la primera vez que hablamos de la estandarización de los vinos. De este concepto tan difundido de elaborar etiquetas igualitas unas de otras. Pero también están los otros: esos enólogos que van en busca de apostar a más, cruzando los límites.

Matías Michelini, por ejemplo. Un bodeguero mendocino que está revolucionando no tan silenciosamente el mercado de los vinos locales. Su clave, además de crear tintos interesantísimos, fue desarrollar un tipo de Sauvignon Blanc absolutamente distintivo en Gualtallary, corazón del Valle de Uco. Es más, siento la obligación de decirlo: estoy convencido de que fue él quien sentó las bases para el auge de esta variedad en Argentina. “Una vez congelé durante un año un jugo de Sauvignon Blanc y lo fermenté al año siguiente. Fue muy divertido ver semana a semana cómo se potenciaban los aromas y el carácter del jugo con el tiempo; el resultado fue lograr el Synthesis Sauvignon Blanc, de Finca Sophenia, un blanco del cual se habló en todo el mundo.”

Hans Vinding-Diers, propietario de la bodega patagónica Noemía (y creador de lo que es, a mi criterio, el mejor exponente de Malbec de zonas frías en el país), asegura que “la tecnología influye siempre: es una herramienta, como un barco a vela por ejemplo. Puede ser de última generación, pero depende mucho de las capacidades del capitán. La tecnología sola no basta.”

La reconversión vitivinícola de la Argentina llegó de la mano de enólogos extranjeros. Cuando los ojos del mundo se posaron sobre los viñedos locales arribó una decena de inversiones de distintas latitudes y, junto con ella, los afamados flying winemakers. Estos enólogos que tenían el ABC del vino en otros países de Europa, Estados Unidos o Sudáfrica y que adaptaron a los terruños locales. Los resultados estuvieron a la vista: Argentina dio el excepcional salto internacional y los vinos se posicionaron en góndolas de todo el globo. Pero ahora parece que la cuestión cambió significativamente.

Mientras antes la mirada estaba puesta en el know how del exterior, hoy los enólogos que marcan el cambio en el país lo hacen con pasaporte local. Esas personas son jóvenes y llevan consigo las ganas de revalorizar cada centímetro cuadrado de su tierra, además de cargar con el conocimiento necesario como para plasmarlo en una copa.

Hay palabras. Hay hechos. Hay más vinos que demuestran que, efectivamente, existe en Argentina una faceta todavía desconocida, con un abanico infinito de perfiles, características y regiones. Un costado oculto de los blancos y los tintos locales en donde hay una única cuestión que parece ser el denominador común. Y esa cuestión está en el espíritu de los hacedores.“¿Qué crees que es lo que motiva a un enólogo en la búsqueda de resultados diferentes; en la búsqueda de etiquetas que vayan por más?”, le pregunto a Hans Vinding-Diers. “Una sola cosa –me dice. La pasión.”

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