Decantador: te odio

Quizás es por quienes banalizan tu uso o, lo peor, porque siempre me dejás en evidencia cuando quiero servir con vos y mancho a troche y moche. Pero algún día tenías que saberlo, decantador. Sabé que te detesto.

Me considero un pésimo sommelier. Soy un enamorado del vino, de eso quedan pocas dudas, pero cuando hablamos de las tareas propias y exclusivas de un sommelier, soy un cero a la izquierda. Un tanto torpe para el servicio, poco paciente, demasiado verborrágico y algo esquivo a tanto palabrerío típico. Admito también que nunca he cultivado ese costado, quizás por miedo, o por falta de interés.

No quiero que ustedes funcionen como analistas, no, simplemente es una autocrítica que me suelo hacer. Y, a veces, cuando leo determinados artículos o escucho a sommeliers defendiendo cosas inexplicables, les confieso que me alegra no ir por ese camino. Y acá llega el decanter, uno de los objetos a los que, he descubierto, le tengo un rechazo especial.

Ayer leía un artículo sobre este tema que escribió el staff de Wine Spectator, la conocida revista norteamericana. En ella explican un poco el por qué del decantado. Y me llené de rabia. En el artículo aseguran que hay dos objetivos principales: la separación de los sedimentos del líquido y la aireación. Con el primero vamos perfecto porque, de hecho, éste es el objetivo del decantador: el de separar los posos (se escribe con “s”, ¡¿eh?!… soy torpe para el servicio pero intento no serlo cuando escribo), sedimentos, borras o como quieran llamarlo, del vino en sí. Pero con el segundo punto, el de la aireación, no cedo.

Y leyendo el artículo de Wine Spectator me di cuenta, quizás, de que son los nuevos países productores los que defienden la utilización casi indiscriminada del decantador, deshonrándolo a una tarea inútil. El vino debe abrirse, sí, pero puede abrirse en la copa y permitirnos analizar esa evolución. En el decantador eso es imposible…

Y me paso al libro del célebre maestro francés Émile Peynaud que relata una brillante anécdota que, alguna vez, les conté en un artículo y que ahora pueden leer acá. En ella hablaba de esta ofensa a mi nuevo enemigo.

El Viejo Mundo parece estar en contra, mientras que el Nuevo Mundo lo apaña.

Les confieso que tengo un decanter que me regaló mi hermano para algún cumpleaños. Lo usé menos de diez veces y, les juro, en su mayoría fue innecesario. Estoy renegón, puede ser, pero me molesto cuando se enseña, cuando se educa, que el decantador sirve para eso. Sinceramente no lo creo así.

Ahora sí, les pido disculpas por haber utilizado la web como medio de descargo, pero necesitaba decirlo. Por ahí es por quienes banalizan tu uso o, quizás, porque me dejás en evidencia cuando quiero servir con vos y mancho a troche y moche. Pero tenés que saberlo. Decantador: te odio.