Una copa para cada varietal. El fin del blablá

Un grupo de 14 con 3 copas para cada uno. En el medio, la cristalería Riedel poniéndonos a prueba para ver qué tan cierto era eso de que el diseño del cristal es determinante en lo que olés y sentís en un vino. A calzón quitado, acá les cuento mi experiencia.

En mis tiempos de estudiante, soñaba con tirar al demonio las copas supermercadistas y reemplazarlas por unas Riedel. Siempre me habían resultado aspiracionales, porque su costo era alto pero, más que nada, porque el desarrollo de esta cristalería había cambiado para siempre la industria del vino. Riedel descubrió (y se encargó de demostrárselo al mundo) la forma en la que una bebida cambiaba cuando también cambiaba el recipiente. Su tamaño, la curvatura del borde, el tamaño del cáliz, el alto del pie; cada detalle tenía su incidencia.

Así que en cuanto pude, hice los deberes. Compré mis Riedel y, en Pampa Roja, una parte importante de la cristalería la ocupé orgullosamente con ellas. El viernes pasado, la experiencia llegó a la cumbre cuando armamos por primera vez una cata a calzón quitado: 3 vinazos de Zuccardi, 3 copas de la línea Veritas de Riedel. Riedel + Zuccardi + Pampa Roja, el combo prometía.

Pero no voy a mentirles: la diferencia era sutil. Cuando empecé a desarmar los packs de copas me encontré con recipientes muy parecidos; la boca un poquito más cerrada en ésta, acá el borde algo más abierto, pero las capacidades eran prácticamente iguales y completamente confundibles.

Vinieron los vinos. Primero, Fósil: un Chardonnay de San Pablo, Valle de Uco, seco, ácido, nunca nada gaucho más parecido a un Chablis. Segundo y tercero, los Finca Piedra Infinita y Finca Canal Uco, los dos Malbec top de Zuccardi, ambos del Valle, ambos de Paraje Altamira y solo separado un cuartel del otro por un calle. Ufffff, qué lindo desafío teníamos por delante.

Quiero aclarar que la experiencia que voy a relatarles pudo perfectamente haber estado condicionada por mi emoción. Ser anfitrión de Riedel era un lujazo, es cierto, pero lo que empezó a pasar adentro de las copas me dejó pasmado de verdad.

Recuerdo una de las primeras charlas que había compartido con el querido Brascó, admitiendo él lo revelador de una cata así, aun cuando Miguel tenía puesta la camiseta de desmitificar todo rasgo snob del vino.

Ok, les cuento entonces. Servimos una muestra única en un vaso plástico y, de ahí, la muestra se repartía en las 3 copas. No había posibilidad de engaño, claro, pero ese Chardonnay cambiaba tan dramáticamente en una, en la otra y en la otra que literalmente podrían haberse tratado de muestras distintas. Con los Fincas, lo mismo. Cambiaban sus narices y la apreciación de acidez y dulzor bailaban también al compás del recipiente.

Lo que nunca pensé fue que incluso factores como el largo de boca o la textura de los taninos del Malbec fueran tan opuestos. La manera en la que el vino ingresa, cómo golpea la lengua, cuánto tarda en llegar a la garganta; las diferencias acá no eran sutiles: el vino era una cosa acá, pero otra completamente diferente ahí.

La experiencia Riedel fue reveladora, de verdad. Era mi primera vez confirmando con paladar propio todo un desarrollo de generaciones del que, si bien no desconfiaba, nunca creí tan literal.

Fue un quiebre, un aprendizaje absoluto. Y también un motivo grande de frustración al confirmar que el vino es siempre una ciencia inexacta, inabordable e imposible de abrazar de cuerpo entero. Cuanto más descorchás, más descubrís que el camino nunca tendrá final. Por lo pronto, si siempre defendí con uñas y dientes la importancia de invertir en una buena copa, después de esta noche, mis amigos, lo tomaré como un mantra.

7 comentarios en “Una copa para cada varietal. El fin del blablá

  1. Hola Mariano,

    Qué buena experiencia ! un mantra al que me uno definitivamente. El vino me sorprende día a día esta realmente vivo y actúa diferente ante varios factores externos, wow, me emociono tu artículo pues coincido contigo es una ciencia inexacta ! Saludos !

    1. Hola, Claudia! Tiene que ver más con una razón práctica que técnica. La idea es servir una misma cantidad de cada vino en el vaso para que después se distribuya de forma proporcional en las tres copas… así te asegurás de que todos tengan muestras lo más similares posibles, a igual temperatura y en el mismo momento.
      No hay explicación técnica detrás, tiene que ver más bien con la dinámica de las catas que realiza Riedel alrededor del mundo y la practicidad al momento del servicio.

  2. Todo radica en la cabeza, como el mejor vino, es producto de la ocasión y el estado sensorial de cada uno, una persona al azar de la calle no podría apreciar estos conceptos de igual manera q otra subyugada por la leyenda de una marca

    1. Usted siempre escéptico, Don Braga. La aclaración de que todo el texto está viciado por el sentimiento, vale, y concuerdo con que la ocasión y el estado sensorial son determinantes en un mundo inexacto y personalísimo como es el vino. Dicho esto, siendo parte de la degustación (y algo en lo que se coincidió de forma unánime ante todos los presentes), las diferencias no fueron sutiles: en cuestiones que sí pueden racionalizarse, una copa y la otra y la otra eran mundos aparte. Hay que hacer la prueba y vivirlo en carne propia…

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