Más que “pollo o pasta”: se puede comer bien en el avión

En esta nota que escribí para La Nación les paso una seguidilla de consejos inteligentes (o, bueno, algo así) para zafar de los fideos híperrecalentados cuando andamos transitando por los cielos.

En mis 32 años y 65 países recorridos, acumulo una buena cantidad de horas de vuelo. Conexiones, aeropuertos, el bendito jet lag y algunas experiencias perturbadoras en aeronaves de dudosa procedencia. No me admito fanático de la aviación, y quizás solo por eso, el momento de la comida a bordo es, para mí, un pequeño gran oasis. Desenmascarar la cubierta metálica para disfrutar unos penne rigate pegoteados acompañados de un blanquecino tomate triturado puede no parecer un disfrute a priori, pero lo es para mí.

Un vasito de vino (blanco, por favor), café y una película. Gran plan. Pero la hora de un almuerzo o una cena a bordo suele ser, para la enorme mayoría de los mortales, un chasco total. Poco espacio para movernos, los líquidos que bailan al compás de las turbulencias y una cocina recalentada terminan dando la razón. Pero no todo es tristeza: hay algunos pequeños consejos que pueden sernos de enorme utilidad al momento de sacarle provecho al servicio de comidas a 30.000 pies de altura.

Sorrel Moseley-Williams es sommelier y periodista gastronómica, y de los 30 días del mes, probablemente lleve un promedio de 29 pivoteando entre boarding passes y check-ins, así que su opinión vale oro. “¿Quién se acuerda de la comida en un vuelo? ¡Nadie!”, dice en un spanglish delator, y recuerda: “Pero yo sí: hace poco hice la reserva con anticipación y pedí bajas calorías; cuando llegó, era un lomo de salmón extremadamente rico, con verduras al vapor… sentí que fue un menú hecho con mucho más amor, mucho mejor que la cajita infeliz que te suelen entregar”. ¿Pueden verlo? Siempre hay una luz al final del camino.

 

Pedidos especiales

La anticipación es la clave número uno: si sacamos un pasaje de apuro, sobre la hora y en el mismísimo aeropuerto, entonces los pedidos especiales hacen agua. Aunque depende de la política de cada aerolínea, en general se requieren entre 48 y 72 horas de antelación para que ese menú lleno de amor aterrice en su bandejita.

Si al momento de realizar la reserva se especifica, podríamos optar por alguna opción de comida kosher, halal, vegetariana, vegana, libre de gluten, baja en sodio o de dieta blanda, encontrando dos grandes aciertos: para los ansiosos, estas bandejas son las primeras que se reparten y, al realizarse por solicitud especial y en muchísima menor escala, el resultado siempre es más interesante.

 

Vinos, agua y cerveza

Suelo preguntarme a mí mismo si existirá, de alguna manera, una conexión secreta entre el café y las turbulencias. Es que, ante mi pedido de café, inmediatamente arrancan los sacudones. Por eso me vuelco más bien al vino. Claro, la selección de blancos y tintos en clase económica suele ser un tanto magra, y solo limitada a una opción de botella plástica procedente de Sudáfrica o Australia, en donde se pondera la relación precio-calidad.

Pero la cerveza, llamativamente, ha crecido enormemente en oferta y calidad. Recuerdo, de hecho, un último vuelo entre Houston y San Francisco, maravillado porque la tripulante de a bordo deslizó entre sus manos una lata de Citradelic IPA de New Belgium, ícono de la microcervecería norteamericana y alejada años luz de la típica opción única de lager ultraindustrializada. Algo similar ocurre con el café: las alianzas entre marcas prestigiosas y aerolíneas comienzan a ser usual, levantando la vara.

¿Agua? Ah, claro, agua, por favor. Sorrel da en la tecla: “es clave beber agua. Llevate una botella para rellenar y mantenerte siempre hidratado, para así combatir el jet lag”.

 

Snacks a toda hora

Aún hay ciertos vuelos transoceánicos y de tramo largo que mantienen una suerte de peña culinaria al final de la cabina en la clase turista, dejando durante toda la noche una guardia de aperitivos listos para ser atacados. Chocolates, bretzels, botellitas individuales de agua, galletas y caramelos que sirven de cobijo para los noctámbulos y adictos al azúcar.

En todo caso, nunca está de más levantarse a media noche, estirar las piernas y darse una vuelta hasta el final del pasillo.

 

Las últimas filas

La mayoría de los servicios en vuelos largos tienen, al menos, 2 opciones de menú, lo que no significa que se carguen en la aeronave 2 platos por pasajero. Por lo tanto, el asunto se vuelve problemático para las últimas filas, que siempre terminan comiendo, básicamente, lo que quedó. “Si toca un asiento en la última fila, o cercano al final, lo mejor es acercarse a nosotros preguntándonos qué hay de comida y pidiéndonos una de esas opciones; así te asegurás que podrás comer lo que quieras y no tener la preocupación de quedarte sin opción”, admite Francisco, comandante de a bordo pero quien prefiere conservar su anonimato parcial. Y aclara: “todo depende de la amabilidad del pasajero. Si hay buen trato, hasta 2 comidas podrían tener, porque siempre hay pasajeros que duermen o prefieren no cenar… eso, para los mochileros o pasajeros con conexión, siempre es motivo de agradecimiento”.

 

De primera

El último consejo podría caer de maduro: conseguir un upgrade de cabina o pagar el boleto en clase ejecutiva nos asegura una experiencia completamente diferente. Para Sorrel, incluso, no hace falta aspirar a las business más cotizadas; “para ver la diferencia, simplemente basta con volar en primera a un destino cercano, como ser Buenos Aires-Santiago”.

Hoy las aerolíneas se esfuerzan enormemente por lograr menús de calidad, generalmente respaldadas por cocineros de renombre internacional y la trazabilidad del producto. Una buena y variada panera reemplaza al bollo gomoso de turista, y el tenedor de plástico mágicamente se transforma en uno lleno de dignidad.

Y de los vinos, ni que decirles. Acá sí el juego se abre a opciones, y la elección de las etiquetas queda en manos expertas luego de un minucioso trabajo. Véronique Rivest, Segunda mejor Sommelier del Mundo 2013, es la responsable de delinear el menú de bebidas para Air Canada, y nos cuenta que “siempre escogemos vinos de acidez más alta y muy poca madera porque, digámoslo, cuando emprendemos un vuelo (y más aún si es largo), no necesitamos vinos que nos noqueen y nos hagan sentir aún más cansados”. Por eso, sea en turista o en ejecutiva, blancos antes que tintos es un buen mantra para recordar.

 

La versión original del artículo publicado para el Suplemento Sábado de La Nación pueden verlo haciendo clic en este enlace.

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