Los puntajes al banquillo de los acusados

Amados y odiados por igual, cada año se celebran cerca de 400 concursos de vino en todo el mundo. Qué se evalúa, quiénes lo hacen y cuál es la verdad detrás de un número que puede condenar o llevar a una etiqueta hasta lo más alto de la fama.

Ahora mismo, en algún rincón del planeta, un panel de catadores está juzgando vinos. Una medalla de oro por aquí, noventa y tantos puntos de un crítico especializado por allá y, en el medio, esa febril necesidad de catalogarlos, de clasificarlos a unos por sobre los otros.

Es un enorme desafío, digámoslo: pocas cosas resultan más subjetivas que el vino, que esa apreciación personal que todo debe resumirlo al “me gusta” o “no me gusta”. Pero desde hace ya varios años, los concursos y puntajes se han convertido en una poderosísima y valiosa herramienta de marketing de la que se valen las bodegas para potenciar sus ventas, insertarse en determinados mercados o ganar un prestigio difícil de lograr de otro modo.

 

¿Cómo funciona el asunto?

La respuesta tiene casi tantas variantes como concursos existan. La regla general parte de la cata a ciegas, es decir, el crítico recibe el vino con muy poca información de su procedencia, precio o elaborador, de forma tal de intentar afectar lo menos posible la ‘objetividad del catador’, si me permiten la expresión. En algunos casos, como el del International Wine And Spirit Competition (IWSC), cada juez recibe tan solo la copa llena, sin tener acceso siquiera a ver la botella (aunque esté cubierta, tapando la etiqueta), para que el color o formato pueda tomarse como referencia.

Las revistas especializadas y guías impresas de vino, en cambio, eligen muchas veces que la cata sea al descubierto, conociendo de pe a pa lo que está acurrucándose en la copa. Y, a veces, esta idea no es mala: soy un convencido de que al vino hay que analizarlo y entenderlo desde su contexto, desde las manos detrás del concepto. Dejar afuera las condiciones de la añada, la identidad de la variedad de uva, la tipicidad del terruño o el perfil del enólogo pueden ser graves errores.

 

En primera persona

Recién los contaba sobre el IWSC que es, probablemente, uno de los certámenes más respetados internacionalmente, con muestras de 80 países que se presentan cada año para que más de una centena de jueces las analicen en detenimiento.

Déjenme relatarles la experiencia en primera persona, porque tengo la fortuna de ser uno de los pocos representantes latinoamericanos dentro del panel de catadores, lo cual es toda una maravillosa experiencia que renuevo cada año. Las sesiones son silenciosas e intensas, ya que se pueden probar entre 30 y 50 muestras por día, siempre ordenados en tandas (en estos casos, llamados flights) con cierto criterio común. Arrancamos con 5 Torrontés de Argentina, continuamos con 10 Malbec de Tupungato, luego 5 Malbec patagónicos y así sucesivamente; la agrupación tiene un hilo conductor, pero el juez no toma decisión al respecto: solo se sienta a cumplir su rol de evaluar.

En cada panel se designa un líder o chairman, quien es quien coordina todo. Este personaje, siempre con demostrada experiencia en la temática de los vinos que se están catando, es quien manejará la batuta a lo largo de jornada.

La puntuación es subjetiva y personalísima y, en el mejor de los casos, del promedio derivan medallas de oro, plata y bronce. Analizamos el ojo, la nariz, la boca y ese “factor extra” que hace de un vino algo inolvidable. Todo en el banquillo, con la subjetividad a un lado, si es que esto es posible.

A veces hay vinos contaminados. Otras, los puntajes son muy dispersos entre los integrantes del panel. También puede quedar alguna duda: hay vinos que resultan magníficos para unos y realmente olvidables para otros; ahí está el presidente del jurado, pidiendo una recata para que, en algunas semanas, otros expertos vuelvan a la muestra en cuestión y desempaten opiniones.

 

¿Y funciona?

Bueno, la respuesta puede resultarles algo vaga, y difícil de explicar. Funciona para la bodega, claro, siempre y cuando la medalla esté o el puntaje trepe más allá de los 90 puntos. Si a una etiqueta ícono le caben unos ochenta y tantos, entonces habrá un problema; en ese caso, la bodega difícilmente salga a comunicarlo.

Ahora bien: si el vino escaló alto, entonces en la publicidad se leerán cosas tan drásticas como “El mejor Cabernet Sauvignon del mundo”. Una aventura riesgosa que es, también, parte del juego esperable al prestar tu etiqueta al voto de un panel.

Lo importante, mis amigos, es recordar que esa cucarda brotó de la apreciación de una persona. O de más de una, en el mejor de los casos. Pero siempre son personas, subjetivas, relativas, personales, que tienen sus días buenos y sus días malos, sus preferencias y antipatías.

Entonces la pregunta es: ¿cuánto nos sirve a nosotros, los consumidores?

Entonces la respuesta se cae de maduro: nunca servirá tanto como el propio paladar.

3 comentarios en “Los puntajes al banquillo de los acusados

  1. Creo que es como cualquier ranking, porque quién dice que el TOP 10 de la Rolling Stone tiene los temas que nos gustan a todos? O que el Oscar se lo llevará la que para mí fue la mejor película que del año? Son simples guías que parten de una buena base lo más objetiva posible. En el vino igual, por eso me guío por los puntajes y las medallas sólo para tener una referencia de lo que puedo probar, porque estimo que nombres fuertes del mercado no van a vender su honor por un vino horrible, entonces me aseguro que al menos entre esos elegidos vinos malos no hay. Después veo yo el que más me gusta.

  2. Buena nota Mariano, los puntajes son un mal necesario para nosotros. Un vehículo de comunicación del cual quisiéramos, pero no podemos prescindir. Subjetivos pero eficaces para diferenciarse en el mar de vinos que hay disponible en el mercado.

    Saludos desde Agrelo.

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