Blancas… ¿al poder?

En el reino de las tintas, la aventura de distinguirse con una uva blanca puede resultar una tarea, al menos, difícil. Pero algo de esto hay: universos paralelos, momentos en donde solo ellas son reinas totales y absolutas. Un paseo por este fenómeno mundial que, de a poco, parece abrirse camino.

Hagamos una generalización obscena. En esos rincones del planeta en los que el vino está enraizado en la mesa familiar, como Italia, España o la Argentina, alrededor del 80% de la oferta siempre se compone de tintos. Blancos, rosados, burbujas, dulces, esos son actores de reparto.

Sin embargo, hay un sendero que lentamente se comienza a caminar: esas excepciones que salen a la luz en donde exponentes blancos logran opacar, al menos por un instante, la indestructible supremacía roja.

Yo no me atrevería a decirles que se trata de una tendencia, no, pero resulta curioso ver cómo, a veces, la naturaleza es la que sugiere y obliga. Pensemos, por ejemplo, en Nueva Zelanda y en la sabia explotación que han hecho de la Sauvignon Blanc. Un clima marcado por el frío y las olas que rompen a uno y otro costado de las dos islas han moldeado blancos descontrolados que enlazan perfumes de frutos tropicales con los típicos descriptores herbáceos de la variedad. ¿El resultado? Nueva Zelanda exporta a uno de los precios promedios más caros del mundo. O en Sudáfrica, en donde la Chenin (allí llamada Steen) es particularmente interesante aun cuando durante muchos años se la haya utilizado para vinos de bajo precio y deficiente calidad.

El caso alemán es el más sobresaliente, seguramente. Y acá también el clima ha influido: cuanto más extremas las latitudes, las variedades de uva blanca parecen sentirse por demás cómodas, logrando niveles de acidez elevados que dan frescura y longevidad. Así, las características geográficas de Alemania ayudaron para que el país colonice al mundo con sus Riesling, Silvaner y Gewürztraminer. Esto fue desde siempre, pero a partir de mediados de la década del ’70 la tendencia se intensificó a través de un interesante proceso de reconversión tecnológica y vitivinícola que dio como resultado un importante incremento en la participación de Alemania en el mercado, principalmente con la comercialización de la Riesling en los Estados Unidos.

Hoy, en dulces o secos, los teutones son sinónimo de blancos de gran calidad, logrando el reconocimiento internacional que ninguna uva tinta, ni siquiera su Pinot Noir, les ha concedido.

 

Anécdotas desde el mercado

Históricamente hubo algunos casos curiosos en los que el vino blanco se ha enredado. El asunto de los Estados Unidos y su amor/odio con la Chardonnay es un ícono.

Había sido una moda, una corriente denunciada a mediados de la década de los ‘90 por un periodista de The New York Times en su columna de vinos, en donde comentó sobre un incipiente rechazo de los consumidores a un estilo de Chardonnay rico en madera, poderoso, de boca empalagosa y gran untuosidad. “Anything But Chardonnay” (¡Cualquier cosa, menos Chardonnay!) fue como lo bautizó y, desde allí, ese famoso movimiento ABC, por sus siglas, hizo estragos. O eso pareció.

En aquellos tiempos, Estados Unidos estaba desbordado de Chardonnay. Era la moda, todos lo pedían, todos lo querían. Pero se elaboraba untuoso, con roble hasta la coronilla, pesadote, de acidez escasa y olor a vainilla, crema, manteca y compañía. Tanto y tanto se vendió de ese vino que algunos consumidores llegaron a esperar que todos los Chardonnay debieran ser así, logrando una masificación del estilo que terminó (a algunos) por fastidiar.

Eso fue el ABC. ¿Pero su repercusión realmente trascendió las fronteras mediáticas y se hizo escuchar en la góndola? Y, la verdad es que no. En la prensa explotó, aunque no tanto en la mesa. Hoy, la Chardonnay sigue siendo la estrella blanca en los Estados Unidos así como también en los principales mercados consumidores del mundo. Con más diversidad de perfiles, claro que sí, pero aún hay muchos de estos amigos gordos, mantecosos y repletos de madera pululando por las bocas del mundo.

 

Todo Torrontés

Vivo en esta tierra, así que la sangre argenta me corre por las venas. Disculpen lo autorreferencial, pero quiero contarles que también por estas pampas la blanca y radiante Torrontés ha hecho de las suyas.

En las mesas de mi país el vino es parte de una cultura familiar heredada de españoles e italianos. Acá se bebe desde siempre y, también desde siempre, la tradición estuvo vinculada al vino blanco. Resero, Crespi y otras marcas de Torrontés económicas que eran parte de la cotidianidad argentina.

Pero un día todo cambió. El Dr. René Favaloro, eminencia médica argentina reconocida mundialmente por haber sido quien realizó el primer bypass cardíaco en el mundo, aseguró así al pasar que una copa de vino tinto al día hacía bien al corazón. Desde aquella frase nuestro vínculo con los blancos quedó a un lado, y un amor antes desconocido por el tinto se hizo más y más fuerte, llegando a dominar por completo la escena vínica regional.

El Torrontés siguió como emblema claro nacional pero, también hay que decirlo, nunca volvió a ser tan difundido como en aquel entonces.

ESTE ARTÍCULO FUE PUBLICADO ORIGINALMENTE EN LA REVISTA PERUANA SOMMELIER

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